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La razón de nuestra grandeza

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Panegíricos



Chema,  In Memoriam

(Sevilla 4-12-1960, Chipiona 3-08-2013 ✞)

Quizás penséis que voy a hacer lo habitual en estas, tan tristes y dolorosas, ocasiones; y no va a ser así porque hacer sólo una desmedida o exagerada alabanza de mi hermano sería faltar a su memoria y a la verdadera dimensión de su vida.

Y es que Chema fue dado a la vida con su bagaje de virtudes y defectos, de habilidades y carencias, de fortalezas y flaquezas; como cualquier hombre y eso, precisamente es lo que le hizo y nos hace únicos e irrepetibles a todos. Es indubitable que siendo perfectos no seríamos hombres y nos estaría vedado alcanzar la suprema grandeza de serlo.

Así pues, con esa maravillosa conjunción de humanas condiciones mi hermano se lanzó a la vida para vivirla y hacerla completa en su humana incompletitud.

Y me preguntaréis, quizás asombrados por lo que parece ser una paradoja, ¿cómo se hace tamaña proeza? ¿Cómo podemos llegar a conseguir una vida tan plena, tan fructífera? La respuesta a esa pregunta es de una sencillez abrumadora, la respuesta os la ha dado Chema; tan sólo bastará con que rememoréis sus hechos, su particular e irrepetible manera de afrontar la vida. Bastará con que rastreéis las huellas imborrables que ha dejado en todos y cada uno de nosotros.

Sin embargo no es suficiente con los hechos y las huellas, nos falta lo más importante, aquello que genuinamente determina la grandeza de un hombre: Esa entrega sin condiciones a los demás, esa generosa y necesaria renuncia a uno mismo hasta lo sublime y heroico. Y es que todo lo que obró, nuestro querido Chema, estuvo impregnado de la llama del amor. El amor a sus padres y hermanos, a su mujer y sus hijos, a sus sobrinos y demás familiares, amigos y allegados. El amor es la auténtica llave para, siendo imperfectos, alcanzar la vida completa en su humana incompletitud de la que os hablo.

A nosotros, eso sí, nos queda el esfuerzo genuino y único, ingente e ímprobo pero gentilmente alumbrado por él, de proseguir su obra. Porque él -como todos los que nos precedieron- nos dejó su estela luminosa y nuestro deber es ahormarla en cada uno de nosotros, fijarla fuertemente a nuestras vidas para honrar su memoria y, así hacernos merecedores de su fértil legado.

                                                        
                             Sant Cugat, 18 de agosto de 2013



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